Me gusta contar historias. Muchos de nosotros crecimos escuchándolas, seduciéndonos con desarrollos misteriosos y finales inimaginables. Este es un rasgo universal que apenas cambia entre las diversas culturas.

Lamentablemente, la tecnificación de lo cotidiano hace que perdamos la capacidad de recrear espacios y tiempos distintos, insertos en un creciente bombardeo de información superficial que narcotiza aquellas conductas básicas.

Trato de que mi obra esté fuertemente vinculada con mis sueños y obsesiones, deseos e imaginarios, y así poder materializar a través del acto fotográfico, mis sentimientos y mi forma de ver el mundo.

Soy de los que piensa que la genialidad no es necesariamente aliada del bien, y en alguna de mis imágenes trato de recrear esas situaciones, con climas historicos, a veces con reminiscencias románticas, con personajes que se debaten entre la luz y la sombra, en una pelea eterna y continua.

Creo que es imposible imaginar a la fotografía sin sus vínculos primarios con otras disciplinas visuales: en mí caso, trato de tender un puente con lo pictórico y lo cinematográfico, con la presunción de que muchas veces quedan casi desdibujados los límites entre ellas.

Volviendo al principio, a mí la fotografía, como una tremenda pulsión, me hace soñar todos los días y me permite, a través del relato de estas y de otras historias, vincularme estrechamente con mis afectos y realidades. En definitiva, tal como dice un personaje de Terencio: “Nada de lo humano me es ajeno”.